La historia y el olvido de Antonio Muñoz Molina

Por supuesto que no se debe enseñar una Historia hecha sólo de nombres de reyes y fechas de batallas: pero la comprensión y la conciencia crítica precisan de una base ineludible de conocimientos, y del mismo modo que para orientarnos en el espacio necesitamos calcular las distancias, para entender el curso del tiempo nos hace falta una noción clara de la sucesión de los hechos históricos. Por supuesto, también, que la historia general se hace de muchas historias parciales, y que uno de los grandes progresos del saber histórico ha sido la incorporación a él de grupos humanos que estaban excluidos: las mujeres, los pobres, los trabajadores, los esclavos. No se avanza poniendo límites al conocimiento, sino haciéndole ganar a la vez extensión y profundidad. Las guerras carlistas, la llegada de los telares de vapor y de los ferrocarriles, la rebelión de las Comunidades, no son acontecimientos que afecten sólo al País Vasco, a Cataluña y a Castilla y León, respectivamente, del mismo modo que el dos de mayo no es una fecha que deba conocerse sólo en Madrid, y que el califato de Córdoba no pertenece sólo al pasado de los andaluces. Cada historia parcial enriquece e ilumina una historia común, que cobra su pleno sentido en el marco más amplio de la Historia europea y aun en el de la Historia Universal, que cada día nos es más necesaria, porque cada día se vuelve más pequeño e interconectado el mundo. Justo ahora, cuando sabemos el modo en que puede afectarnos un hecho ocurrido en Bruselas o en Singapur, cuando los científicos nos están alertando de que los desastres de la naturaleza tienen consecuencias globales, precisamente ahora es cuando en nuestras escuelas no se enseña más geografía que la comarcal, ni más historia que la de nuestras presuntas (y respectivas) identidades blindadas, cuando más tenazmente se adoctrina a los alumnos en una actitud de orgullo jactancioso y satisfecha ignorancia.

La España en la que a mí me gusta vivir es tan plural en historias como en paisajes y en idiomas: pero sería terrible que se confundiera la pluralidad con una yuxtaposición de esa clase de colectividades monolíticas -de lengua, de religión, de raza- a las que aspira siempre el nacionalismo. Preferir la historia y la razón frente a la mitología y la reverencia a los dogmas supone preferir también la ciudadanía soberana y solidaria a la adscripción genética a un pueblo. Pero la clase política que nos desgobierna, tan nefasta como populosa, no tiene en general el menor interés en resaltar las cosas razonables que nos unen, y que son el cimiento de la democracia, igual que en el fondo le importa un pimiento la calidad del aprendizaje en las escuelas: en la división, en la proliferación de organismo y cargos, en la demagogia del enfrentamiento, se les ofrecen muchas más posibilidades de intrigar y medrar. Basta con ver el modo en que esa clase política, con sólo unas cuantas excepciones, ha ignorado, malbaratado y despreciado el ejemplo de millones de personas que se lanzaron un día de verano a la calle en nombre de lo que tenían en común, el amor a la libertad y el rechazo y el asco del crimen. Es una fecha que debería aprenderse de memoria en las escuelas, y pertenece a la historia de España: el 14 de julio de 1997. Pero estamos tan acostumbrados a olvidar que ya no parece que se acuerde nadie de ese día.

 

Fragmento extraído del artículo de Antonio Muñoz Molina llamado “La historia y el olvido” publicado en El País el 9 de Noviembre de 1997.

Para leer el artículo completo pinchar aquí

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