Un día

Cuentan que había una chica que era hija del frío y de los meses que avecinan cambios de ciclo. Era de esas personas que nunca paran de sonreír. Hasta que un día cuando empezaba el mayor de los ciclos (hasta entonces al menos) creyó encontrar el amor. Después de muchos años de sonrisas entre amigos descubrió lo que era reír con otra persona. Con una sola persona. Fue un gran descubrimiento, breve y aun así importante. Pero el nuevo ciclo en seguida demostró que no iba a ser fácil. Ella se creía luz y cuando el dolor llegó le invadieron las sombras.

Aprendió que el poeta tenía razón, en la alegría había mucha tristeza. Descubrió que el amor solo te hace más débil, más susceptible de ser destruido. Lo aprendió a base de bien. Así que la chica de las sonrisas, dejó de sonreír. Solo a veces, cuando le salía de dentro, de lo más profundo, volvía a sonreír. Aprendió que la luz es más débil que las sombras. Y se la fueron comiendo. Poco a poco. La luz se fue apagando.

Y cuando solo quedaba un pequeño haz. Una minúscula partícula de luz, empezó a construir. Un muro. Uno grande y alto. Un muro fuerte, con ladrillos estables, que dejara pasar la luz pero que parara las sombras. Poco a poco lo fue levantando. Creedme le costó mucho tiempo conseguir construir el muro que necesitaba. Hay quienes decían que mientras lo hacía la hija del frío había aprendido a vivir en una especie de tristeza tranquila. A ella le parecía suficiente. Después de las sombras, no sentir nada excesivamente fuerte, excesivamente intenso. La calma estaba bien después de todo. Después de las sombras una tristeza calmada era algo aceptable.

Y entonces terminó. El muro estaba en su sitio. La luz fue creciendo un poquito, hasta llenar el hueco que había hasta el muro. Las sombras ya no la acechaban y la chica de las sonrisas recordó lo que era sentir alegría.

Creo que es justo contaros que algo tuvieron que ver las luces de fuera. Ella ya sabía que fuera había algo más que las sombras de las que huía. Que había más luces. Pero entonces lo único que quería, lo único que pedía es que las sombras no la volvieran a tocar. No quería sentir esa sensación de nuevo. La falta de aire. La asfixia. La caída continua al vacío. Solo pedía que las sombras estuvieran lo más lejos posible.

Pero lo sabéis, el problema del dolor es que deja la marca del recuerdo pero apenas provoca un aprendizaje verdadero. El tiempo pasó. Las sombras dejaron de intentar atravesar el muro. Incluso cuando lo intentaban solo se daban cuenta de que ya no podían hacer daño a la chica luz. Y ella se confío. Empezó a asomar la cabeza por encima del muro y lo vio. La luz, quiero decir. La otra luz. Vio como detrás del muro había más luz. Era tan brillante que ni siquiera se podía ver a las sombras. Ahí estaba al lado del muro, desde siempre, espantando a las sombras. Protegiendo a la chica de las sonrisas.

La luz le sonrío y ella le devolvió la sonrisa. Una sonrisa de verdad. Casi parecía que se oyeran las carcajadas. Y qué carcajadas. No os lo podéis imaginar. De esas que se contagian, que te hacen sentir que en el mundo solo hay sitio para la felicidad.

Desde el muro miraba como la luz era valiente, y vivía sin un muro. Ni un solo ladrillo a su alrededor. Y se quedó ahí compartiendo las carcajadas de la chica luz. La chica de las sonrisas. Porque ahora había vuelto a ser ella. Una vez más. Volvía a sonreír cada minuto.

Es entonces cuando el muro le empezó a molestar. Tenía que hacer muchos esfuerzos para llegar arriba y poder ver la luz. Sentía que el muro más que una protección parecía ser un obstáculo. La luz lo creía también. Y poco a poco fue quitando ladrillos, para expandirse, para ver mejor. Su propia luz iba saliendo del muro. Luz y luz iban iluminándose poco a poco. Cada vez sobraban más ladrillos. El cemento. Todo sobraba. Solo tenía que haber espacio para la luz. La felicidad. La alegría. Las sonrisas. Y para todo eso no podía haber muro.

La chica luz aprendió a quitar todos y cada uno de los ladrillos, preocupada por que la luz desapareciera en algún momento, por no poder verla del todo por culpa del maldito muro.

Estaba tan preocupada por quitar los ladrillos, por olvidarse del pasado, por deconstruir lo construido que cuando quitó el último ladrillo las sombras vinieron de golpe. Al principio no se preocupó. La luz las espantaría, como antes. La luz, tan grande, las haría desaparecer.

No fue así. Quiso gritar. De hecho lo hizo. Quiso pedir auxilio. Y así fue. Pero las sombras seguían ahí. Se dio cuenta de que era hija del frío y de los meses que avecinan finales de ciclo y que la luz se había ido. Solo podía ver sombras. Rodeándola, asfixiándola. Y solo podía pensar en su luz. ¿Dónde estaba?. Lo necesitaba. Había destruido el muro y ahora si no tenía a su luz, ni a su muro. ¿Qué iba a hacer?

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