Leyendo a Betty Friedan

Una de las cosas que más me gusta de la Historia es que no hay una única forma de contar un acontecimiento, de entenderlo y analizarlo. No me refiero a si se ve desde una perspectiva revisionista, progresista o conservadora. En ese sentido tengo muy claro, siempre, cual es mi punto de vista. Me refiero más bien a que hay acontecimientos tan complejos, que afectan a tanta gente, tantos grupos distintos de personas que si lo analizas desde la perspectiva de cada uno la Historia cambia mucho.

Ocurre en millones de momentos en la historia, pero últimamente me pasa mucho cuando leo sobre la Segunda Guerra Mundial. No me malinterpretéis, los puntos de vista de los que hablo en este caso no son: el Eje o los Aliados. En absoluto, sé cual es mi bando. Pero sintiéndome del lado de los Aliados leo sobre esa época y me doy cuenta de lo distinto que fue para unos y otros. Aun formando parte de mismo lado. Aun siendo todos defensores de la democracia, o al menos si no demócratas, contrarios al fascismo.

Es muy posible que mi propia identidad influya en que me marquen tanto otras visiones de esta época. Probablemente el hecho de ser mujer de izquierdas en España es lo que explica que estas formas, distintas, o al menos no tan conocidas y repetidas de ver la Segunda Guerra Mundial, me calen dentro.

Normalmente todos oímos una versión de la Segunda Guerra Mundial donde el malo, Hitler, y sus nazis y compañeros fascistas quisieron crear una Europa, un mundo, donde dominara el fascismo, el racismo y el imperialismo de la raza aria. Atacaron a la democracia y los Aliados como valientes héroes defensores de la misma salieron en su auxilio. Murieron por la libertad, la democracia y la igualdad de las razas. Y vencieron. Los buenos vencieron. Los que defendían el gran sistema que debía ganar, vencieron a los fascistas.

Sin embargo, dentro hay mucho más que un bando homogéneo de los buenos. Quiero decir, estando obviamente del lado de los Aliados en la IIGM, hay cosas que como he dicho, puede que por mi propia identidad, no puedo ignorar, ni pasar por alto. Así la historia de esta época de lucha contra el fascismo en Europa es algo distinta si se analiza desde el punto de vista de un español de izquierdas. Es bastante menos honrosa y alegre. Más bien vergonzosa y desesperanzadora. Los primeros en luchar contra el fascismo, en enfrentarse a él en su propio territorio fueron los españoles republicanos. Lucharon contra la sublevación franquista contra un gobierno democrático legítimo. Ahogados por la escasez económica y la mala preparación del ejército pidieron auxilio a Europa, a los gobiernos democráticos. A su gran amigo el Frente Popular Francés, a la vieja Inglaterra, etc. En fin, les previeron que la situación española no iba a ser una simple excepción. No era España el único país que tendría que luchar contra el fascismo. Ésta era una lucha común, por lo que debían ser un frente común. Pedían así ayuda para derrotar a los sublevados.

Decía así Ángel Ossorio y Gallardo en la inauguración de pabellón español en la Exposición Internacional de París (1937):

“Una guerra internacional desatada sin razón alguna por los pueblos fascistas que solo esperan devorar a España para acometer a otros pueblos libres, Francia entre ellos. (…) Defensa contra las patrañas y calumnias propagadas contra España en el extranjero y la conservación de la forma política liberal democrática, constitucional y parlamentaria, perfeccionándole con mecanismos más eficaces y ampliándola con la intervención directa en los negocios públicos del mundo de los trabajadores (…) Se necesita ser ciego para no advertir este vaticinio tan claro: España aplastada, Francia cercada (…) Todos los amenazados y perseguidos hoy, salvaremos unidos el tesoro que la historia nos confía. Y en un mañana leve y pacífico disfrutaremos el orgullo de haber comprendido que el mundo no se mueve por la fuerza, sino por el espíritu”

Y tuvo razón. No se equivocaban los españoles. Se equivocaban esas potencias democráticas que formarían el futuro bando aliado. Se equivocaban con su Política de Apaciguamiento y su Pacto de No intervención (1936). Las potencias europeas hicieron oídos sordos ante lo que estaba ocurriendo en España. No quisieron aceptar la acertada teoría que desde la República Española se difundía. Los aliados no ayudaron a España en virtud de esa política de apaciguamiento que creían calmaría las ansias de Hitler y tal y como predijo este discurso de apertura del pabellón, finalmente tuvieron que hacer frente a este ascenso del fascismo. La Segunda Guerra Mundial estalló, se formó el bloque aliado y las antiguas potencias que habían firmado el Pacto de No Intervención que condenó a la República Española se erigieron como firmes defensoras de la democracia.

Un poco hipócrita ¿no?. Sobre todo algo injusto que hayan pasado a la historia como firmes defensores de las democracias europeas y que nadie recuerde como abandonaron a España. La dejaron a la merced de un dictador que campó a sus anchas durante casi cuarenta años reprimiendo a los defensores de la democracia. Y a ellos nadie los recuerda. Nadie los saca del olvido de las cunetas donde fueron arrojados.

Abajo quedas tú, Inglaterra, vieja raposa avarienta decía León Felipe. Y no le faltaba razón

Pero aun hay más. Esta no es la única visión alternativa de esta Segunda Guerra Mundial. Hay otra, la de mas mujeres que vivían en esos países aliados. Ni siquiera voy a meterme a hablar de los malos tratos machistas que sufrían las mujeres de los países del Eje. Otra vergüenza para los aliados, pero ahora no me refiero a eso. Me refiero a sus propias mujeres, esas que vivían en las democracias que ellos defendían. Se quedaron solas, los hombres partieron al frente a la heroica lucha. Y ellas se quedaron en la retaguardia, manteniendo a flote el país. Permitiendo que la industria continuara, que fabricara todo lo necesario para mantener la guerra, para mantenerles en el frente.

La ausencia de hombres en los países permitió que las mujeres irrumpieran en el mundo laboral. Se hicieron con numerosos puestos de trabajo. Abrieron el espacio público, salieron de sus hogares y tomaron las riendas de su vida. Colaboraron con su patria, como les dejaban. Aunque fuera en la retaguardia, su trabajo también fue digno. Fueron tan patriotas y tan heroínas como ellos. Y sin embargo cuando la guerra terminó, la democracia ganó y los aliados vencieron, los hombres volvieron. Y a esas mismas mujeres las dijeron que debían volver a sus casas, debían encargarse de nuevo del hogar. Tenían que procrear, que para eso valían, y así compensar todas las muertes que había provocado esa guerra. Quisieron que volvieran al hogar y dejaran sus puestos de trabajo, para que los ocuparan los hombres.

Las mujeres se convirtieron en símbolos de patriotismo y compromiso con la causa, pero cuando dejaron de ser útiles se las pidió que silenciosas y sumisas volvieran a sus casas. Ya se las avisaría cuando el Hombre volviera a necesitarlas.

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