Para Armando López Salinas de Gabriel Celaya

Viene como si nada, tranquilo, sonriendo
detrás de su bigote iluminado.
Viene.
Y ahí está soportando las cóleras del uno,
los distingos del otro,
y los mil estropajos de los zarrapastrosos.
Escucha. No se ofende.
No responde con ira al iracundo.
Responde con razones.
Nada le hace temblar. Está seguro
en lo suyo.
Y responde por eso como corresponde,
extendiendo razones,
callando corazones.
A veces le he atacado, violento
-es mi modo de ser, pido perdones-
y él me ha ganado siempre
como quien no hace nada o sabe que uno vuelve.
Ya vuelvo, siempre vuelvo, como un valor seguro
a este Armando increíble,
como el diamante, puro, como la luz, tranquilo,
que me salvó cien veces de las mil una noches
de los vosogos, de los curicutráceos,
de los protosongos, peropartículos,
y del M.P.O. y el S.O.T.R, por no hablar de otras
siglas,
y me ha salvado, digo,
sobre todo, de mí mismo.
Por eso digo Armando, como quien dice amigo

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