El toro Ferdinando

Es difícil encontrar a alguien que te conozca de verdad. Claro que con el tiempo y los años uno acaba por rodearse de un puñado de gente que sabe, bastante. Mucho, incluso, sobre uno mismo. Por supuesto tus padres saben muchas de tus manías, de tus historias de la infancia. Incluso puede que tengas amigos que se sepan todas esas chorradas que te da asco comer. Incluso a veces saben que te da grima ver como otra persona se cepilla los dientes. A cambio tu sabes que les da cosa romper cartón con las manos. O que no soportan las judías verdes.

Son esas pequeñas cosas las que vas aprendiendo, y ellos aprenden de ti. Y con el tiempo, la amistad hace eso. Sabemos bastante de nuestros amigos. Pero no lo saben todo de ti. Ni mucho menos. Hay como un millón de cosas que nunca les has contado. Que nunca han preguntado. O que simplemente no has recordado que marcaron lo qué eres y por eso no te has parado a decirlo.

Por eso hay otro tipo de gente en la vida. Más que gente, persona. Así que, rectifico. Por eso, porque tus amigos y tu familia no lo saben todo. Porque tampoco quieres que lo sepan todo. Hay otro tipo de persona que cada uno tiene que encontrar. Esa persona. Me explico ¿no?. Esa persona que sabe las cosas fáciles, las superficiales. Las que sabe cualquiera que te quiera un poco. Las películas que te gustan, el tipo de libros que lees, tus ideas políticas, que ropa te gusta ponerte, que piensas de x, que opinas de y. Esas cosas que son sencillas. Luego sabe cosas que solo conocen unas pocas personas en tu vida. Qué comida no soportas, como te gustan los desayunos, que cosas no soportas ver, que cosas te hacen derretirte, cuales son tus poetas favoritos, con qué canción se te eriza la piel.

Y luego están las cosas que con el tiempo sabe porque tu mismo te vas acordando de ellas. Suelen ser cosas que te marcaron hace tanto que las has olvidado. Y de repente, un día, una película, un comentario, un anuncio. Te hace recordarlas. Y entonces cuentas su historia. Cuándo lo viste por primera vez. Qué pensaste. Por qué te gustaba tanto. Y lo sueltas todo. Contándoselo, contándotelo. Y compartes una parte de tu vida en la que esa persona no estaba. Así iluminas un trocito del pasado que parecía vedado a sus recuerdos. Lo compartes y en parte es como si tuviera siete años contigo y viera esa película que tanto te gusta. Como si tuviera once y estuviera leyendo contigo ese libro que hizo que adoraras la literatura. Te acercas más. Es como si le incluyeras en un pasado en el que no estaba. Y a partir de entonces, también es un poco suyo.

Esos momentos no tienen precio. Porque alguien no te conoce bien hasta que no sabe por qué narices eliges los fideos gruesos en vez de elegir los de todo el mundo.

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