Fragmentos de “Democracia y Estado en América Latina: Por una imprudente reinvención de la política” de Juan Carlos Monedero

“Esa ciencia social lastrada importó puntualmente cada uno de los conceptos con los que se pretendió frenar el pensamiento alternativo. El latinoamericanismo encontró nuevas formas bajo los paradigmas de la modernización, luego la transición y consolidación a la democracia, más arde la gobernabilidad, luego la gobernanza, mientras tanto las teorías gerencialistas, la conceptualización del ciudadano como cliente, para cerrar con la asunción de la globalización como un concepto neutro y científico. Finalmente, y de manera más claramente beligerante, prefirió readaptar conceptos viejos – con el de populismo como buque insignia – para intentar reconstruir una explicación a la que interesaba principalmente dejar fuera de juego la vertiente conflictual de lo político y seguir primando la veta institucional – funcional integrada. El populismo no fue utilizado para explicar las nuevas mediocracias, tales como las que desarrollaron Collor de Melo, Menem o Fujimori, sino que empezaría a ser un concepto en uso con la victoria de gobiernos con un claro mensaje de cambio y alternativa al modelo neoliberal”

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“Un elemento común de toda la nueva izquierda latinoamericana tiene que ver con la resurrección de los liderazgos populares, descalificados desde la veccia académica y los monopolios mediáticos, según decíamos, como populismo. En países devastados económicamente por el vendaval neoliberal, con las estructuras administrativas, laborales, sindicales, ciudadanas y partidistas desestructuradas, con un historial de ineficacia ligado al uso patrimonial del Estado como “consejo de administración de los intereses globales de la burguesía”, con escasa autoestima nacional, la única posibilidad de pagar la deuda social acumulada pasaba por la identificación recia con un líder que prestara el cemento social ausente. Y aun más cuando la vía para dirigir los cambios es la electoral. Liderazgos capaces de unificar, con la fuerza de la esperanza, la tradicional desunión de la izquierda, de superar la hegemonía mediática neoliberal y la consiguiente debilidad del voto popular ante el acarreo, de vencer con argumentos la compra de voluntades y el clientelismo de los partidos tradicionales”

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“Tiempo es de interpretar integralmente el siglo XXI que avanza entendiendo que a una nueva izquierda latinoamericana le corresponde necesariamente una nueva anti-izquierda que será global como los intereses que defiende”

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“En América Latina, la democracia no ha sido garantía ni de derechos civiles ni de derechos sociales. Cuando América Latina recuperó el pulso de las democracias formales en los años ochenta, este cambio coincidió con la hegemonía neoliberal. El derecho al voto venía acompañado, una vez más, con el derecho al hambre, al desempleo, a la enfermedad y a la miseria. Y una vez más, el compromiso político de la población se distanciaba del modelo liberal burgués. La ciencia política de Norte empezó a definir esa desafección. Es ahí donde se reelabora el concepto de caudillismo, de populismo, se adjetiva el indigenismo como radical o se generaliza desde los organismos internacionales, como meta política, la búsqueda de gobernabilidad, un concepto que solo se puede aplicar cuando hay pueblo en la calle pero no cuando, por ejemplo, el 50% del pueblo está en el nivel de la pobreza, pero no ejerce ninguna forma de acción colectiva”

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