La universidad española: entre carcas y elitistas

Llevo ya cinco años en la universidad, quizá a algunos os parezca poco tiempo para juzgarla tan duramente. Quizá mi condición de alumna únicamente de una visión más que sesgada del asunto, pero creo que también es necesaria. Porque igual muchos hablan como profesores o trabajadores de la universidad y creo que también hay que decir lo que pasa al otro lado. Lo que nos pasa a los alumnos.

No voy a hablar de las cosas buenas de la universidad, que las hay, muy buenas algunas. Ni de los profesores fantásticos que te hacen enamorarte de asignaturas que no creías interesantes, ni de todos aquellos que te ayudan a continuar en tu carrera investigadora, que te dan trabajos, te avalan en las becas, te ayudan con los trabajos, incluso sin ser tu tutor. No voy a hablar de todos aquellos que hacen que la universidad valga la pena ser salvada. Me los guardo para otro momento, cuando hable de todas las cosas estupendas que me ha dado la universidad. Pero que conste que cuando hablo de la universidad y cuando hablo de la gente mediocre que trabaja en ella no olvido que frente a ellos hay muchos que son maravillosos. Como en todo supongo.

Cuando entras en la universidad, quizá un poco idealizando – quizá idealizando mucho, demasiado – crees que la universidad es el último reducto de la decencia, de la inteligencia y la sabiduría del país. Crees que se han acabado los menosprecios de profesores de secundaria amargados que no tienen ningún tipo de interés por enseñar. Crees que se han acabado las humillaciones desde su puesto de super-autoridad. Pero no. Crees que entonces empieza la excelencia, esa que tanto pregonan, crees que a partir de ahí solo tendrás buenos profesores. Y como siempre, cuando uno idealiza, la realidad te da un bofetón en la cara.

La universidad española está llena de profesores cuya clase consiste en leer Power Points, sin explicar, profesores que insultan, menosprecian, humillan. Profesores que después de cinco años, de haberte graduado, siguen tratándote como a un inferior. Profesores que en vez de hablar contigo de igual a igual tienen demasiado ego como para debatir contigo. Los he visto, creedme, no te creen ni cuando les dices que moodle no funciona. Hay que justificar todo. Tu palabra como alumno no vale una mierda. He visto profesores que se saltan las guías docentes – esos supuestos contratos que estamos obligados a respetar todos. He visto como cuando se comete una injusticia y pides un tribunal que revise tus calificaciones los compañeros de departamento, los directores de departamento, intentan meterte miedo. Te dicen “piénsalo bien”, “es más fácil que vayas a recuperación en la extraordinaria”, “yo que tú no me metía en eso”. No sé bien si hacen eso para protegerse, para proteger a los mediocres compañeros que tienen o por pura vaguería para evitarse papeleo. Al final la experiencia me ha demostrado que si tienes la paciencia y la mala hostia suficientes para ir hasta el final se acaban cansando, y antes que convocar tribunales te dan la razón – que antes no querían darte ni muertos – rectifican y con el rabo entre las piernas resuelven la injusticia. A los que no se mueven, en cambio, tienen que aguantar aun más las injusticias y humillaciones de profesores que se creen por encima del resto.

Y a pesar de todo, esas cosas no son las peores de la universidad. Ni siquiera el evidente clientelismo, ni la endogamia ni el favoritismo que es el único medio para lograr un hueco en la universidad. Porque creedme, lo sabemos todos. Todos sabemos que en una gran mayoría de los casos la gente consigue padrinos gracias a pelotear, a irse de vacaciones con ciertos profesores, a estar detrás de ellos al final de cada clase. Lo sabemos, sabemos que todos los que no queremos pelotear a nadie estamos perdiendo la batalla. Porque siempre habrá alguien dispuesto a arrastrarse más que el resto para conseguir un padrino. Y ni siquiera eso es lo peor. Lo peor es que cuando entras en la universidad crees que ese es el maravilloso lugar, la Academia griega, que valora la innovación, la investigación, la creatividad, las ganas de cambiar las cosas. Pues no. De verdad que no. Obviamente algunos sí, ya lo dije al principio. Pero esos casi parecen la excepción. En la universidad, por experiencia, se valora el continuismo. No hay que salirse del tiesto. En historia queremos más von Ranke y menos Burke. Aunque se les llene la boca hablando de lo maravilloso que fue el giro lingüístico y el giro cultural y la cantidad de nuevas perspectivas, enfoques, corrientes que hay. Que no os engañen. No quieren lo nuevo. Dicen que les parece bien para parecer moderno y así poder seguir haciendo revisiones bibliográficas de los mismos temas que trataba Bloch. Y luego cuando, inocente de ti, decides que te gusta eso de la interdisciplinariedad, que te parece maravillosa la historia del tiempo presente, o la historia cultural, el análisis lingüístico o artístico para mejorar la Historia, entonces se acaba todo. El falso buenrrollismo termina y empiezan a acribillarte. Te has salido del tiesto y eso es algo imperdonable. ¡Cómo osas querer hacer algo más nuevo que ellos!. ¡Cómo osas cuestionar que repitan la tesis que hicieron hace treinta años!. No, tienes que limitarte a leer a los de siempre, y hacer lo de siempre, y volver a escribir un libro obscuro sobre algún tema que no interesa a nadie en toda la sociedad y así formar parte de su maravillosa y elitista academia. El plan, el secreto plan, es conseguir ser un grupo selecto y carca que se dedique a alabarse entre ellos, a decirse lo buenos que son, sin que nadie les cuestione, para seguir hablando de cosas que el populacho no entiende. Por que ellos, señoras y señores, ellos son la élite intelectual de este país. Que nadie les conozca, ni quiera leerles, no significa más que que la gente es idiota. Así es, idiota del todo.

Y así en la universidad se olvidan de lo más bonito que tiene ser historiador, el compromiso con una sociedad que reclama de ti una interpretación de las sociedades en el tiempo. Una explicación del ahora, del presente, que nos ayude a mejorar, a evolucionar.

Yo no sé donde acabaré, si entraré en este mundo que tantas veces me decepciona. Desde luego he conocido, por suerte, mucha gente a mi alrededor que no quieren ser esto. Que quieren cambiar las cosas. Ojala entremos de lleno, ojala entremos y logremos acabar con el oscurantismo, el elitismo y el asesinato de la innovación que hay ahora mismo. No sé si entre nosotros habrá gente brillante para la Academia, por mi parte espero que consigamos ser una nueva generación de historiadores. De historiadores que hablen de los temas que interesan, que logremos volver a entrar en la sociedad. Que nos olvidemos de ese absurdo puritanismo y entendamos que la divulgación es lo que nos salva. Que si nadie te lee, no sirve de una puta mierda lo que digas. Por más que lo cites en un perfecto sistema Harvard-APA.

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