Fosas que rompen el miedo. Guadalajara, patio 4 – fosa 2

Asistir a la exhumación de una fosa de la guerra civil y la dictadura franquista, tiene algo de terapéutico. Y no me refiero a la evidente terapia que supone para familias que tras años de silencio y olvido recuperan por fin el cuerpo de un familiar desaparecido. Quiero decir, que todo el que se acerca ya sea a colaborar, preguntar o simplemente mirar pasa por una experiencia que para mi es necesaria.

Estas dos últimas semanas he trabajado como auxiliar de arqueología para la ARMH en la exhumación de la fosa número dos del cementerio de Guadalajara. La ‘Querella Argentina’, la voluntad de jueces y abogados argentinos, el valor y la insistencia de la familia de Ascensión han logrado obligar al Estado español a abrir la fosa en la que yacía Timoteo Mendieta junto a otros 21 fusilados.

Y digo yacía porque por fin, después de 77 años, gracias al esfuerzo, el trabajo y al solidaridad de tanta gente se ha conseguido hacer justicia. Hace siete días que le arrancamos a esta tierra de conejos 22 cuerpos que yacían en la fosa que sus asesinos quisieron darles. Hace siete días que en este país hay una fosa menos, un silencio menos, un olvido menos, una herida menos. O como poco una herida que por fin puede iniciar el camino de su sanación. Porque a pesar de que mucha gente no lo entienda el duelo es necesario. La muerte es el final para aquel que la sufre en sus carnes, pero para sus familiares y amigos, es necesario el duelo. Es un derecho. Es justicia universal poder enterrar, velar, llorar, querer a nuestros muertos.

Empezaba diciendo que creo que las exhumaciones tienen algo de terapéutico. Podría hablar de como hace que gente que ha estado muchos años callada se atreva a hablar, permiten que nietos vengan a preguntarnos por su abuelo, al que saben muerto, pero del que no saben ni siquiera el día en que fue asesinado. En las exhumaciones la gente que ha vivido estas desapariciones y asesinatos en primera persona sienten que por fin alguien les escucha, se sienten rodeados de otras víctimas que comparten un dolor muy parecido. Aquellos que nunca se habían planteado que estas cosas se pudieran hacer se dan cuenta de que hace falta muy poco, a penas ganas y voluntad de hacerlo. Podría hablar de decenas de historias preciosas sobre como la verdad, la palabra, la lucha y la valentía se abren paso cada vez que alguien consigue exhumar una fosa. Son historia fascinantes sobre la importancia de la lucha pequeña, de la lucha individual, de la pelea contra el olvido.

Pero he empezado esta entrada, por la misma razón egoísta por la que escribía en 2011 sobre Joarilla de las Matas – la primera exhumación en la que estuve de voluntaria. Empiezo esta entrada porque desde hace más de quince días tengo un cúmulo de sensación en las que se mezclan alegría, frustración, gratitud, emoción, tristeza, impotencia, pasión. Y miles más a las que no sé ni poner nombre.

Es difícil ordenar las ideas en mi cabeza para poder explicar todas las sensaciones. En septiembre de 2010 empezaba las clases de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Cuando tienes 17 años, al menos en mi caso, empecé Historia por el simple hecho de que me gustaba, me apasionaba, sentía verdadero interés por esta ciencia. Con el paso de los meses empiezas a descubrirla como ciencia de verdad. Con sus posibles aplicaciones. Y cuando has crecido rodeada de gente comprometida empiezas a ver la Historia como una herramienta más. Una herramienta que puede llegar a ser tremendamente útil para cambiar el mundo. El verano entre primero y segundo de carrera fui por primera vez a una exhumación de la ARMH, la primera exhumación que vi, en Joarilla de las Matas, 14 mineros. La entrada que escribí en este blog hablaba de la microhistoria. Porque más allá de las clases de la universidad, de las definiciones y posibles explicaciones que te den sobre esta corriente para mi Joarilla fue la expresión viva de lo importante que es la microhistoria. Del valor de cada una de las experiencias personales, individualizadas, de momentos de grandeza y miseria del ser humano que son pedazos de la historia que compartimos todos.

Desde entonces me confieso irremediablemente enamorada de la ARMH. De su lucha, de su labor pedagógica en cada fosa, del trato a los familiares, del cuidado y el trabajo científico que ponen en cada exhumación. Sin embargo aun no me sentía historiadora, al fin y al cabo solo era una estudiante de primer año cuando fui a Joarilla. Estaba más fascinada por el movimiento social que por otra cosa.

Sin embargo esta vez las cosas han sido distintas. Ahora soy historiadora, especializada en Historia Contemporánea, latinoamericanista y enamorada del estudio de los movimientos sociales y la historia de las ideologías políticas. Esa fue la persona que profesionalmente acudió a ayudar a Guadalajara. Personalmente acudió la sobrina nieta de un desaparecido, nieta e hija de gente de izquierdas, y sobre todo convencida del valor de la ideología de izquierdas. Pero profesionalmente acudió una historiadora. Y dicho sea de paso, desde que empecé el Máster en Historia Contemporánea en la UAM, una historiadora frustrada, desencantada, decepcionada. Hacía mucho tiempo que me había dejado convencer de que “hacer Historia” consistía en acudir a aburridos seminarios, pelear por que te acepten un paper en un Congreso, pisotear a tus compañeros solo para que un catedrático del que nadie sabe nada te haga un poco de caso. Había terminado cayendo en la estúpida idea de que hacer Historia consistía en meterte en una biblioteca leer miles de libros y luego escribir tus ideas sobre eso que habías leído.

Me sentía frustrada, fuera de lugar y tremendamente decepcionada con el camino que había elegido en mi vida. Tantos meses consiguieron hacerme olvidar las razones por las que había estudiado Historia. Durante más de un año los únicos momentos en los que de verdad ejercí de historiadora fueron aquellos en los que estuve en los archivos de Madrid y Salamanca. Archivos a los que no sabría cómo ir y consultar si no hubiera sido por Alejandro, el historiador de la ARMH. Manda cojones. Cinco años de carrera y nadie en toda la UAM ha sabido llevarnos a un archivo. Nunca.

Y entonces la ARMH me dio la enorme oportunidad de estar con ellos en esta exhumación, de ayudar y colaborar en todo lo que pudiera. Y me reconcilié con la Historia. Porque me enseñaron que hacer Historia es mucho más que ir a seminarios elitistas y pomposos en la universidad. Ver a la ARMH en directo te enseña que hacer Historia es algo tan sencillo y satisfactorio como sentarte a escuchar a cualquiera que tenga la necesidad de contarte su pequeña historia. Porque una vez más, las microhistorias forma parte de una historia común que en este caso tenemos el derecho y el deber de recuperarla. Con la ARMH he podido exhumar los cuerpos de aquellos a los que condenaron al olvido, he podido hablar con familias que han perdido el miedo a decir que fueron víctimas de una dictadura que les robó su vida, su historia, sus seres queridos, sus sueños y oportunidades. La Historia se convierte así en terapia, en sanación, en desahogo, en justicia, derecho, alivio, comprensión. La Historia al lado de la ARMH se convierte en un millón de valores con los que me identifico. Todos y cada uno de los cuales por los que me siento orgullosa cuando alguien me pregunta “¿qué eres?” y yo puedo responder “historiadora”.

No sé si soy capaz de transmitir todas las sensaciones que he tenido en estos quince días. Llegar a casa después de estar ocho o doce horas trabajando en la fosa y no poder dormirme de la alegría que tenía encima de sentirme útil, de sentir que estaba poniendo mi granito de arena, como historiadora, a una de esas cosas que de verdad importan. Esa sensación no la he tenido jamás en mi vida.

Foto Irene Lingua

Foto: Irene Lingua

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