Cuando leo a Galeano

Lo que me gusta de los libros de Galeano es que son como una enorme enciclopedia escrita en forma de novela. Cada página te ametralla con cientos de datos que no has leído en ningún otro lugar. Y por eso jamás acabas un libro, ni tan siquiera un capítulo o una historia de Galeano sin aprender un millón de cosas. Lo importante, para mi, no es solo que las aprendas, sino que la mayoría de esas cosas te hace alucinar, te dejan con la boca abierta, llegan a provocar que mientras lees te sorprendas en voz alta. Galeano tiene una forma de hacerte ver el mundo de una manera tan distinta a la que estamos acostumbrados, que hace que leerle sea un verdadero placer. Eso es lo mejor que tiene. No solo que escribe bonito, sino que utiliza ese medio para conseguir el mejor de los fines, difundir el conocimiento, provocar el pensamiento crítico, generar debate, diálogo, conciencia, subversión.

Podría poner miles y miles de fragmentos del último libro que he leído suyo, Las venas abiertas de América Latina, pero quería poner este que copio debajo porque creo que es la clave de lo que le ha hecho grande, para mi y para el mundo. Galeano entendió, y aquí critica, es manía de muchos escritores que parecen perseguir que nadie les entienda, que nadie alcance el conocimiento que ellos tienen porque en definitiva parecer querer provocar que nadie les lea.

En ciertos círculos supuestamente intelectuales la escritura divulgativa es despreciada, y en cambio la obscura es valorada como símbolo de inteligencia. De Benedetti decían que por ser tan claro y directo era un poeta menor. Yo con el tiempo he descubierto que quienes me gustan son ese tipo de escritores, los que la elite considera menores, esos que han cambiado el mundo desde su prosa y su poesía menor.

“Sé que pudo resultar sacrílego que este manual de divulgación hable de economía política en el estilo de una novela de amor o de piratas. Pero se me hace cuesta arriba, lo confieso leer algunas obras valiosas de ciertos sociólogos, politicólogos, economistas o historiadores, que escriben en código. El lenguaje hermético no siempre es el precio inevitable de la profundidad. Puede esconderse simplemente, en algunos casos, una incapacidad de comunicación elevada a la categoría de virtud intelectual. Sospecho que el aburrimiento sirve así, a menudo, para bendecir el orden establecido: confirma que el conocimiento es un privilegio de las elites.

Algo parecido suele ocurrir, dicho sea de paso, con cierta literatura militante dirigida a un público de convencidos. Me parece conformista, a pesar de toda su posible retórica revolucionaria, un lenguaje que mecánicamente se repite, para los mismos oídos, las mismas frases hechas, los mismos adjetivos, las mismas fórmulas declamatorias. Quizás esta literatura de parroquia esté tan lejos de la revolución como la pornografía está lejos del erotismo”

 

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