Lucien Febvre: Todo puede ser documento

Indudablemente la historia se hace con documentos escritos. Pero también puede hacerse, debe hacerse, sin documentos escritos si éstos no existen. Con todo lo que el ingenio del historiador pueda permitirle utilizar para fabricar su miel, a falta de las flores usuales. Por tanto con palabras. Con signos. Con paisajes y con tejas. Con formas de campo y malas hierbas. Con eclipses de luna y cabestros. Con exámenes periciales realizados por geólogos y análisis de espadas de metal realizados por químicos. En una palabra: con todo lo que siendo del hombre depende del hombre, sirve al hombre, expresa al hombre, significa la presencia, la actividad, los gustos y las formas de ser del hombre. ¿No consiste toda una parte y, sin duda, la más apasionante de nuestro trabajo como historiadores, en un constante esfuerzo por para hacer hablar a las cosas mudas, para hacerlas decir lo que no dicen por sí mismas sobre los hombres, sobre las sociedades que las han producido, y en constituir finalmente entre ellas esa amplia red de solidaridades y mutuos apoyos que suple la ausencia de documento escrito?

Henri-I. Marrou: Esclarecer las razones de la curiosidad

La honradez científica paréceme que exige al historiador que, mediante un esfuerzo previo de toma de conciencia, defina la orientación de su pensamiento y explicite sus postulados; que se muestre en acción y nos deje asistir a la génesis de su obra: por qué y cómo ha escogido y deslindado su tema; lo que buscaba en él y lo que ha encontrado; que nos describa su itinerario, porque toda investigación histórica, si es verdaderamente fecunda, implica un progreso en el alma misma de su autor: el “encuentro de lo otro”, los asombros, las sorpresas al ir descubriendo se la enriquecen y transforman. En una palabra, que el historiador ponga a nuestra disposición todos los materiales que una introspección escrupulosa puede aportar a lo que, con términos tomados de Sartre, proponía yo que llamáramos su “psicoanálisis existencial”